Agua que teje comunidad

Por:
Edilma Prada Céspedes

La sabiduría ancestral de los indígenas maya usada en la protección del agua, ha generado una ejemplar forma de organizarse de esta comunidad al suroccidente de Guatemala. Hoy luchan porque se mantenga este conocimiento y no se impongan leyes que nada tienen que ver con sus prácticas tradicionales.

Los indígenas maya que habitan la zona de Totonicapán en Guatemala no sólo han preservado por siglos el agua, las cuencas de los ríos y los bosques que la protegen, sino que también han instituido una forma de organización social que resume en parte sus saberes ancestrales aplicados a la construcción de sociedad y la relación del hombre con la naturaleza.

Los maya de la etnia K’iche’ protegen un bosque comunal de 21.000 hectáreas. De allí, captan el agua para la supervivencia de su pueblo desde hace más de ocho siglos, antes de que existiera el Estado guatemalteco. Pero es sólo desde 1920 que bajo la figura de 48 cantones, como se le conocen a las comunidades y cuya organización es una de las más fuertes del país, lograron aglutinarse en una estructura comunitaria en la que el agua tiene un papel protagónico.

El bosque de coníferas, uno de los más importantes de Centroamérica, le pertenece a 50.000 personas en una forma de propiedad colectiva. Es una región de cultivadores de maíz, papa, cacao y diversas hortalizas, que funciona bajo una junta de recursos naturales a cargo de más de 1.300 nacimientos de agua. Un amplio pulmón verde, reforestado con miles de árboles que Agenda Propia y CONNECTAS visitaron para este reportaje.

La fuerza y organización indígena de Totonicapán ha permitido que sea una región pujante, con seguridad alimentaria y sin desabastecimiento de agua, uno de los problemas que ya padecen miles de guatemaltecos especialmente en la capital –Ciudad de Guatemala- y en zonas de la costa sur, en el Océano Pacífico.

Un grupo de 10 nativos, quienes se distinguen por empuñar bastones de madera de color negro y son reconocidos como autoridades tradicionales, tienen como tarea social preservar el bosque y garantizar igualdad en la distribución del agua a través de 200 comités. “Ukik’el uwach ulew”, pronuncia en lengua K’iche’, Vinicio Modesto Aspop Aguilar, secretario de la Junta Directiva de 48 Cantones, cuya traducción es: el agua es como las venas que tiene la tierra. Creencias que han heredado de sus abuelos, las que valoran y preservan.

Hoy debaten cómo las leyes que se buscan implementar en todo el país para el manejo del agua acojan las propuestas que han presentado, y que involucran su conocimiento ancestral.

“Es una ley que viene de la cúpula empresarial a su favor. Acá en Totonicapán, estamos de acuerdo en que se regule el uso del agua, estamos de acuerdo siempre y cuando se plasme o se integren artículos presentados por 48 cantones en el que se respeten nuestras tradiciones y formas de preservación, como el trabajo comunitario”, dice Eddy Alexander Caniz García, presidente de la Junta Directiva de Recursos Naturales, en medio de un diálogo colectivo.
 
No ha sido tarea fácil llegar a este punto de protección y convivencia. Desde hace muchos años, los mayas con sus propias manos y gracias a faenas como le llaman a las labores comunales, han logrado construir 300 captaciones e instalar cientos de kilómetros de tubería, para recoger agua de las fuentes que tiene este pulmón verde, entregar el líquido apto para el consumo.

“El que desperdicie agua será sancionado, se le quita por un mes.  Primero se le llama la atención verbal, luego se le notifica, y si sigue incumpliendo se le quita”, agrega Eddy Alexander.

Los mayas son fuertes con sus reglas porque saben que están cuidando parte de la vida del mundo y de sus cosmovisiones. 
Con contadores miden el consumo diario por familia, pero no se cobra, en caso de que aumente el nivel permitido se sanciona. “Si la persona tiene actividades de consumo extra, como por ejemplo, la construcción de una vivienda debe pedir permiso a su comunidad y ésta en asamblea se pronuncia al respecto”, aclara el indígena, Miguel Antonio Barrero García, vicepresidente de la misma junta, al resaltar que todas las decisiones pasan por mandato de la colectividad.

Durante todo el año hacen faenas y quienes falten a estas citas, también reciben multas. “Si no va tres veces a las faenas se le quita el agua por un año o deben pagar una multa de 2.000 quetzales”, que equivalen a 250 dólares manifiesta Walter Giovanni Tzoc, otro miembro de la asociación de 48 cantones.

Las amonestaciones, de igual manera, se dan para aquellos que son sorprendidos deforestando, los que no recogen las basuras en las montañas, y para quienes no respetan a las autoridades.

A su turno el indígena, Pedro Luis Yax García, menciona que son celosos con el bosque, es decir no permiten que lleguen extraños. Tratan de evitar que se los quite el Estado o las multinacionales, pues llevan en sus memorias el sufrimiento vivido durante la colonia, el exterminio que padecieron sus pueblos en la época del conflicto armado interno y la discriminación de la que hoy sufren en Guatemala. 

“Es lo único que nos pertenece, el bosque y el agua, hemos trabajado desde tiempos ancestrales,  nadie nos ha ayudado”, expresa con voz firme Pedro Luis.

El agua y su potabilidad es tratada por los mismos indígenas, para ello han recibido orientación técnica  de entidades internacionales como la Organización No Gubernamental Ecologic Development Fund, que a través de capacitaciones y apoyo financiero ayudan en la construcción de las captaciones de agua.

“Funciona un sistema de almacenamiento que guarda el agua durante toda la noche, y la conducción que va en tubería hasta las casas, hasta los hogares, que pueden ser de 5 kilómetros, 10 y hasta 20, toda la conservación de estas fuentes se hace por medio de trabajos comunitarios”, explica Fernando José Recancoj Escobar, ingeniero forestal y técnico de la ONG EcoLogic.

Mujer y agua

En el paraje Chuipec, del Cantón Panquix, ubicado en medio de un cordón de montañas cubiertas de pino y eucaliptos, y de brisa fresca, reside Mercedes García García. Ella de estatura mediana, ojos rasgados, mejillas rojizas y vestida de un traje típico colorido bordado a mano, ha sido una de las pocas mujeres maya que ha logrado integrar la junta de recursos naturales pues, bajo sus creencias, no permiten que las mujeres se acerquen a los nacimientos del preciado líquido porque se pueden secar.

Dice que el servicio social lo hizo en 2014, apenas cumplió 18 años de edad, por petición de sus padres. En este pueblo de montaña, de gentes amables y de casas pequeñas, todos deben hacer tres servicios a la comunidad, en el caso de que los padres no puedan sus hijos asumen la misión.

Para ‘Mechis’ como la llaman cariñosamente, el primer reto en la junta de recursos naturales fue compartir la tarea con sólo hombres. Allí el machismo es fuerte y las mujeres lo saben. 

“Al principio me sentí mal, no le ponía importancia a las cosas, porque además siendo una señorita entre los hombres es complicado, pero ellos saben como administrarse. Tuve que asumirlo pues mi madre no habla el español, solo nuestra lengua, y mi papá se ha ido al otro lado (Estados Unidos) a rebuscarse la vida”.

Ese reto, el de ganar liderazgo ante los hombres, se sumó al de las creencias maya, pues las mujeres no pueden ir a los nacimientos de agua. Está prohibido. Los abuelos de esta comunidad explican que por ser una mujer el “Ajaw” del agua (Ajaw es para la cultura maya: el universo, el mundo y la persona, es decir el dueño de todo), las damas no pueden estar allí, porque todo en la naturaleza es hombre y mujer.  

“En mi caso eso no me conviene, a veces me cuestiono a mí misma, sólo porque yo soy mujer se va el agua, eso fue una casualidad, no porque la mujer pasó por encima del nacimiento, pero como son cosas de nuestros antepasados, tenemos que respetarlas”.

Pese a que ‘Mechis’ no podía ir a los nacimientos de agua, en el año que estuvo prestando el servicio, y cuyo cargo era de segunda vocal, participó en distintas actividades: sembrando árboles, revisando las tuberías y puntos de captación, y animando a todos en su comunidad para que participaran en las jornadas de limpieza y en los rituales en busca de la armonía. Ella además debía entregar informes de su gestión, pues en el Cantón Panquix, sus habitantes -2.450 personas según el último censo-, deben estar enterados de lo que pasa, y más si se trata del agua.

“La gente de acá dice que el agua es un espíritu porque no lo podemos tocar. Yo en mi caso lo valoro demasiado porque me limpia, limpia la casa, hago los alimentos, me calma la sed ¿qué haríamos sin agua? Aquí se respeta mucho y se cuida”. 

Mercedes García, reconoce que gracias a sus ancestros, su pueblo hoy vive y resiste ante los fuertes cambios del clima y la contaminación que afronta el mundo entero.

“Usted sabe que un árbol tarda muchos años en crecer, pues lo que tenemos alrededor es trabajo de mis antepasados”.

La joven indígena, mientras observa el sol que se asoma por encima de los cerros y enseña los tupidos pinos que quedan cerca de su vivienda, expresa que al entrar por las montañas se siente un frío enorme “en nuestra nariz y en la garganta nos arde, es el oxígeno ¿entonces por qué no valorarlo?”, reflexiona Mercedes al invitar a la humanidad a que ayude a preservar el medio ambiente.

Ella, quien también teje a mano y en telares, -una de las formas de subsistencia económica de los indígenas en Guatemala-, comparte que en los diseños que realiza con hilos de distintos colores está plasmada la creencia del agua “siempre está el azul, que significa el agua y la vida, y el verde, que simboliza nuestra madre tierra”.

Transmitiendo saberes ambientales

Un anciano, sabedor de la vida y protector del bosque es quien cuida el vivero forestal de 48 cantones.

En el año 1985, el indígena Agustín Paro Lasques, movido por sus conocimientos en temas medio ambientales, llegó a ser parte del grupo de trabajo para proteger el bosque. Un conocimiento comunitario como se refleja en este documental realizado en la zona hace un par de años por los hermanos Moll-Rocek.

En el vivero, ubicado a dos kilómetros del casco urbano de Totonicapán, es quien prepara la tierra, siembra los árboles de diferentes especies y le enseña a quienes visitan el lugar sobre el ciclo de vida que hay en la tierra.

Agustín, de 70 años de edad, menciona que en el vivero hay 158.000 especies de pino, robles, eucaliptos y ciprés romano y común, que cultiva año a año para luego sembrarlos en el bosque.

“Ese es un pinabete, una especie de árbol en vía extinción en Guatemala, aquí lo protegemos”, dice al agarrar un arbolito de un verde intenso que se encuentra ubicado en medio de miles de pequeñas plántulas sembradas en gavetas.

Explica que los árboles que están en el vivero tardan dos años en crecer y estar listos para sembrarlos a lo largo de las 21.000 hectáreas de las montañas comunales. “También enseño cómo clasificar las semillas, en qué mes se sacan, comparto un poco sobre los cambios de la luna y el mejor momento para la siembra”.

Para Agustín es importante que quienes visiten el vivero, sepan que ese lugar es un espacio de encuentro para compartir conocimientos y hacer prácticas participativas de conservación, pues allí se reúnen hombres, niños y mujeres, a sembrar las semillas de los árboles para luego reforestar el bosque y así evitar que desaparezcan los nacimientos de agua.

El pensamiento indígena también es relacionado con la vida cotidiana, por ejemplo Agustín menciona que cuando hay conflictos entre las aldeas “el agua se puede secar, por eso no debemos pelear, ahí entramos a un diálogo, a una negociación”, hace dicha mención con seriedad pues para los mayas la relación de la naturaleza pasa por todos los aspectos de la vida.

Para este hombre, de manos ásperas por labrar la tierra y de una personalidad muy activa, con su experiencia ganada en el largo recorrido de la vida, intenta alfabetizar sobre el cuidado de la tierra. 

Los saberes ancestrales de Agustín alrededor de protección del bosque, se suman a las creencias maya de 24 pueblos indígenas que tiene Guatemala. Todos tienen una lucha constante: la de lograr dignidad y el respeto de sus derechos colectivos.