Historias de vida y de resistencia

Líderes y traductores de las comunidades indígenas de Guaviare a través de sus relatos recuerdan el dolor de la guerra y advierten el riesgo de perder sus tradiciones. De igual manera manifiestan el deseo de regresar a sus lugares de origen tras la firma del acuerdo de paz entre el Gobierno y la guerrilla de las FARC.

 

Los Nukak, los ‘últimos nómadas verdes’, claman por volver a las selvas

Joaquín Nijbe, indígena Nukak perteneciente a la familia o clan Guayarimuno, es uno de los pocos traductores que tiene su comunidad. Además de la lengua nukak, habla español o, al menos, se hace entender.

Dice que aprendió con el deseo de comunicarle a los ‘blancos’ las necesidades de su pueblo, pero sobre todo para hacer valer el derecho de retornar dignamente a las selvas de Guaviare, de donde su comunidad salió desplazada por las FARC en 2005.

Desde esa fecha, los Nukak habitan el refugio Agua Bonita, a 20 minutos de San José del Guaviare. Allí viven en casas elaboradas en ladrillo, duermen en hamacas y se alimentan de carne y granos que compran en tiendas o que les suelen llevar algunas personas, estilo de vida contrario al que llevaban antes.

Nijbe asegura que los Nukak Makú son uno de los últimos pueblos nómadas que existen en Colombia. “Nosotros caminábamos muchos días por la selva buscando comida, semillas y frutas, también micos para asar. Nos dedicábamos a la caza y a la pesca. Hacíamos las malocas con hojas y ahí dormíamos por una semana o 15 días, luego volvíamos a caminar y así. También andábamos empelota (se ríe) ahora nos da pena”.

A sus 29 años y padre de tres hijos, Nijbe recuerda que su comunidad abandonó su tierra luego de que la guerrilla los amenazara porque los indígenas les habían robado comida y armas. “No pudimos volver, también porque se llevaron a varios de nuestros niños, y porque los territorios se volvieron peligrosos, [fueron ocupados] de colonos y gente extraña para nosotros”.

Al preguntársele por su estilo de vida actual, dice que su comunidad padece muchas necesidades y “sentimos tristeza porque vivimos mal”. Nijbe cuenta que pasan muchos días sin alimento, sin agua y las ayudas a veces no llegan. Además, no tienen trabajos estables.

Lo más grave es, dice el traductor, que su cultura está cambiando. Pese a que intentan conservar su lengua, ritos y tradiciones, los niños y jóvenes están inmersos en el alcohol, las drogas y el mundo moderno, lo que los acerca cada vez más rápido a gustos ajenos a su vida pasada.

Todavía las mujeres y los hombres tejemos con fibra de palma, tejemos pulseras, bolsos y conservamos la lengua pero cada vez es menos, hay otros intereses”, manifiesta el indígena Nukak mientras elabora dos pulseras que venderá a cinco mil pesos cada una.

Para Nijbe y su comunidad, la “paz significa que no haya más peleas, vivir tranquilamente”, y sobre los acuerdos firmados en La Habana (Cuba) entre el Gobierno y las FARC, creen que finalmente van a poder retornar a sus territorios. “Ojalá podamos volver para ser felices, donde hay comida, donde hay casería”, dice en tono esperanzador, aunque sabe que no será fácil.

En su refugio viven 200 Nukak, y según cifras del DANE en Guaviare y sus límites con Vichada, Guainía y Vaupés, entre los ríos Guaviare e Inírida, existen un poco más de mil personas de esta etnia.

Los Nukak, conocidos como los ‘últimos nómadas verdes’, se han venido extinguiendo lentamente por factores como colonización de su territorio, contagios de enfermedades, plantaciones de cultivos de uso ilícito, como la coca, y el accionar de grupos guerrilleros y paramilitares.

         

Los indígenas Nukak eran nómadas que caminaban semanas enteras para encontrar semillas, frutos silvestres y micos. Esto era lo único que necesitaban para vivir.  Foto: Juan Pablo Gutiérrez / ONIC.

 

La fortaleza de los Jiw en un mundo que saben no les pertenece

El pueblo Jiw o Guayabero es otra de las etnias que sobrevive en Guaviare y sus condiciones de vida no son dignas. En el año 2007 este pueblo salió desplazado de sus territorios por las FARC, y llegaron a San José del Guaviare, en donde han intentado adaptarse a otras formas de vida. Sin embargo, son conscientes de que si no regresan a sus tierras pronto, desaparecerán.

Franchy David Gaitán Castillo, joven traductor de esta comunidad, cuenta que la guerrilla los desplazó del resguardo Barranco Ceiba, a seis horas de Mapiripán (Meta), en la orilla del río Guaviare.

Nosotros salimos por el conflicto armado, por amenazas, por el reclutamiento de los niños. Salimos porque la guerrilla nos estaba quitando la vida”, dice Franchy al precisar que ya casi por una década no han logrado estabilidad y han tenido que moverse de un lugar a otro. Antes de irse de la zona, esta ya era peligrosa para andar, y tareas como buscar leña, maderas y alimentos eran riesgosas porque la guerrilla había empezado a sembrar minas.

Franchy también denuncia que han perdido sus predios debido a que colonos se han adueñado de grandes extensiones de tierra para usarlas en ganadería y pesca.

Este joven nativo, padre de dos hijos, actualmente vive en la casa indígena en San José del Guaviare junto a once familias más. Este es un reducido espacio en el que habitan, confinadas, un total de 45 personas, entre las que se cuentan 25 niños y niñas. “Nos falta alimentación, no hay espacio para uno quedarse ahí, no hay camas, no hay baños para todos, hay malos olores. No tenemos trabajo para sostener a las familias”, dice desconsolado.

Con preocupación, también cuenta que otro problema para ellos es que los jóvenes de su comunidad están en peligro por el consumo de drogas. “Los niños se mantienen en la calle, consumen bóxer, no quieren hacer nada. No quiero vivir más en el casco urbano, quiero vivir en el resguardo como antes”.

De su lugar de origen recuerda que “todo es natural, es una selva grandísima, hay lagunas, buena pesca para mariscar. Yo me acostumbré así, yo nací ahí”, rememora y comparte que añora volver pronto a casa.

A su turno, Eulises Castillo Castillo, líder de la comunidad Jiw, agrega que les preocupa que sus culturas se están perdiendo. Si bien conservan su lengua, prácticas tradicionales como danzas, canciones y ceremonias (como la Yuruparí y la Dabukury, rituales que realizan entre agosto y septiembre en agradecimiento a la abundancia, específicamente en la época de la cosecha de guama) se están olvidando. También han ido perdiendo procesos como la recolección de frutos silvestres, la caza y la preparación de productos a base de yuca (fariña, chicha y torta de casabe), así como el contacto con la selva, sus espíritus y sus silencios. “Por el conflicto armado se perdió el ciento por ciento de la cultura”, asevera.

Ellos confían en la paz. Desean retornar al territorio pero, como las otras comunidades, esperan regresar en condiciones dignas y de seguridad. “Nosotros queremos la paz, vivir libremente con la familia, con los niños. Queremos andar libres, no con problemas, no más guerra. Los Jiw no entendemos cómo son las armas, cómo se manejan las armas”, recalca Franchy.

Según el DANE en la región hay 617 personas que se autoreconocen como Jiw, y aunque en su mayoría habitan en Guaviare, también están localizadas en el departamento del Meta. Los Jiw están asentados en siete resguardos indígenas: Barrancón, Barranco Ceiba, Barranco Colorado, Barranco Salado, La Sal, La Fuga y Mucuare.

Nuestros resguardos están abandonados. Tenemos una necesidad de retornar, queremos que nos devuelvan la tierra. Nosotros somos de la tierra, no somos de aquí (San José del Guaviare)”, agregó Eulises Castillo.

 

                     Un total de once familias de la etnia Jiw viven hacinadas en la casa indígena de San José del Guaviare. Desde allí claman por volver a sus territorios y mejorar sus condiciones de vida.

El dolor que conserva una lideresa indígena

María Celmira Montaño aprendió a ser fuerte, se formó para ser líder y adoptó el español como segunda lengua para hacer sentir su voz. Montaño, indígena de la etnia Kubeo, se describe como víctima debido a que su esposo fue asesinado por el conflicto armado que existe en la región.

Esta mujer de carácter fuerte pero sensible al hablar de la paz y de la guerra, es la capitana (líder) del resguardo Bacatí Arara, ubicado en el municipio de Miraflores (Guaviare). Ella cree en los acuerdos de paz, pero conserva ciertos temores, los mismos que tiene desde 2005 cuando su pareja fue asesinada en su casa.

Montaño relata que desde entonces su situación ha sido difícil, pues quedó sola con cuatro hijos y ha tenido que luchar para sobrevivir en una zona donde los indígenas han sido asediados por la guerra, la llegada de colonos y la falta de oportunidades. “Sí, perdí un ser que jamás va a volver (…) he sufrido mucho, me tocó sola hasta para luchar en la parte económica, no ha sido fácil”, asegura.

Entonces, se pregunta y le pregunta al Estado “¿Cómo es que nos van a reponer las pérdidas que hemos tenido?” al referirse a su caso, pero también habla de manera colectiva, pues sostiene que varias familias salieron desplazadas, muchos de los niños y jóvenes de su comunidad fueron reclutados y otros están desaparecidos, situaciones que han golpeado las dinámicas sociales y culturales de su pueblo.

Hoy mismo las comunidades indígenas están solas, por eso mismo, por los conflictos armados, porque todo el mundo se fue para allá, otros que salieron desplazados y son muy pocos los sobrevivientes que están ahí y muchos con ganas de volver. También se han presentado bombardeos cerca de mi comunidad. Nosotros no tenemos la seguridad de qué manera el gobierno se compromete con nosotros, cómo vamos a tener esa protección”, sostiene la líder con algo de incertidumbre, pues también conoce que en Guaviare el Frente Primero de las FARC ha dicho públicamente que no se desmovilizará.

Mientras tanto para el Gobierno todo esto de la paz es porque ha habido muchos conflictos y violencias con las FARC y el Ejército, entonces pues nosotros en esa parte estamos como más bien un poco distanciados. Paz para nosotros tiene que ser paz entre nosotros mismos”, recalca.

El 17 de agosto de 2016, Montaño llegó a Calamar, Guaviare, junto con otros 280 líderes y representantes de organizaciones sociales para participar del Encuentro Regional para la Paz y enterarse de los acuerdos de La Habana. Entonces, aseveró que las comunidades indígenas están luchando para retornar a sus territorios, y siguen construyendo procesos que les permitan vivir bien aún con las heridas de la guerra que todavía no han sanado.

Hemos aprendido a hacer proyectos para garantizar la seguridad alimentaria y protección de los bosques. También cuidamos de lo más sagrado que son nuestras culturas, para no olvidar nuestras costumbres”, explica.

El pueblo Kubeo se encuentra en los departamentos Vaupés, Guainía y Guaviare. En este último, la comunidad está asentada en los municipios de San José y Miraflores, en los resguardos de Bacatí Arara y en los lagos de Jaimacurú. De acuerdo con cifras del DANE, la población Pamiva, como también se le conoce a este pueblo, está conformada por 6984 personas, de las cuales 1818 viven en Guaviare.

 

                     Las costumbres de los pueblos indígenas de Guaviare están a punto de desaparecer, los traductores de las lenguas nativas dicen que no hay espacios para practicar sus rituales o formas de vida propias.

“Hemos vivido con miedo, ahora queremos la paz”

Al igual que los Nukak, los Jiw y los Kubeo, los indígenas de las etnias Desano, Karijona, Kurripako, Piaroa, Piratapuyo, Puinave, Sikuani, Tucano y Wanano, han sido víctimas del conflicto armado. Sus vivencias están marcadas por el horror de la guerra.

Juan Carlos Torres Rodríguez, del resguardo indígena de Caño Negro, ubicado en el margen del río Guaviare, municipio de San José, relata que su pueblo fue desplazado en 2002 hacia Mapiripán (Meta). Su comunidad hace parte de la etnia Sikuani, la cual, de acuerdo con la caracterización realizada por el Ministerio de Cultura, tiene mayor presencia en la región de la Orinoquia colombiana, en donde cuenta aproximadamente con 32096 personas.

Había grupos armados que decían que teníamos que dejar [todo] solo, que ninguno tenía que quedarse o sino nos mataban, entonces para nosotros evitar nos tocó desplazarnos”, narra. Años atrás, recuerda Torres, varios miembros de su comunidad fueron obligados a hacer parte del conflicto armado. “Anteriormente sí fueron reclutados. Como en los años 90, las FARC se llevaron a unas siete personas, entre hombres y mujeres menores de edad”. Son recuerdos y relatos que dan fe de lo que pasó y que esperan no volver a vivir.

Al testimonio de Juan Carlos, se suma el de la indígena Irene Vasconcelo, capitana (líder) del resguardo La Asunción, del municipio de Retorno. En su comunidad habitan 20 familias y un total de 103 habitantes de las etnias Tukano, Desano, Wanano y Sikuani.

Vasconcelo habla de las víctimas que dejó el conflicto: “En mi resguardo hay mujeres que han quedado solas, viudas con hijos desaparecidos, y ojalá con ese proceso de paz no vaya a volver a suceder otra vez lo mismo de antes”. Ella también es traductora y aprovechando su conocimiento del español dice que el mensaje principal para el Gobierno es que una manera de ser reparados ante tanta violencia es con tierra, “hay poca tierra para trabajar, es necesario ampliar los territorios, uno sin territorio no es indígena”.

De la paz también tiene dudas, asegura que no sabe si “habrá paz para todos”, “qué garantías tiene uno como líder” y “quién lo va a proteger a uno después de que se firme la paz”. Pero hay esperanzas y sueños. “Hemos vivido con miedo, ahora queremos la paz; somos muy pacíficos, con nuestras culturas, tradiciones propias estamos sembrando paz todos los días, pedimos que nos respeten, solo eso”, manifiesta.

Las comunidades indígenas de Guaviare miran de nuevo a las profundidades de la selvas, quieren retornar para reencontrarse con su pasado, con sus estilos de vida propios y sueñan con seguir siendo los guardianes de la sabiduría ancestral.

 

                     Los indígenas de Guaviare han aprendido a vivir de sus artesanías. Tejen para resistir y evitar que sus tradiciones se pierdan en un mundo moderno.

 

 

 

   

 

 

 

 

 

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