Guardianas del camino, tejedoras del pensamiento

Guardianas del camino, tejedoras del pensamiento

23 de Mayo de 2018

La labor de la mujer indígena es silenciosa y tan persistente como la gota de agua que perfora la roca. Ellas son las depositarias de la responsabilidad de preservar y fortalecer el camino por el que transitan los pueblos indígenas. 

La mayor parte de las mujeres indígenas que viven en Bogotá se formaron en sus territorios. Aprendieron sus tradiciones al lado de sus padres y de los thewalas, mamos, jaibanas y otros guías espirituales. 

Y también aprendieron desde niñas el sentido de lo colectivo, la fuerza de las asambleas y el poder de la palabra. Sus madres las llevaron a la espalda a las mingas, a las reuniones y a los cultivos y ahora ellas repiten ese proceso con sus hijos. 

Algunas ostentan hoy títulos universitarios. Han llegado a altas instancias como el concejo de Bogotá, la Justicia Especial de Paz y oficinas públicas. Son coordinadoras de proyectos e, incluso, han sido elegidas gobernadoras de sus cabildos. 

Las mujeres –reconocen sus compañeros– son más estrictas, más puntuales, más insistentes y más apegadas al saber propio. 

El secreto del armadillo y la telaraña

Con el sonido de flautas y tambores de fondo, seis mujeres Nasa tejen mochilas de hilo en sillas de plástico que acomodaron en semicírculo en un patio amplio y bien iluminado. Es domingo y por todos los rincones de la Casa de Pensamiento Indígena, en el centro histórico de Bogotá, se escucha la algarabía de niños y adultos que participan en los cursos de danza, música, idioma nativo y tejidos tradicionales. 

Una de las tejedoras es Yasmín Salas Achipiz. Viene de Tierradentro, el territorio sagrado de los Nasa en el departamento del Cauca. Allí aprendió a tejer guiada por su madre, Isaura Achipiz. Con ella adquirió el saber que cuando una mujer indígena teje, en realidad está dibujando el pensamiento de su comunidad y los símbolos de la vida, de sus montañas y de la naturaleza. En sus tejidos aparecen los ríos, la lluvia, el rayo, el maíz, pero también rombos, espirales y otros dibujos geométricos extraídos de su manera de mirar el mundo. 

Durante los primeros once años que vivió en Bogotá, Yasmín Salas Achipiz se olvidó del tejido. Lo retomó hace pocos meses gracias a las actividades de la Casa de Pensamiento Indígena.

“Si voy en Transmilenio (el servicio masivo de transporte) voy tejiendo; si estoy en reuniones, tejo. Me olvido de los problemas. El tejido refleja si uno está triste, si está alegre o de mal genio. Si uno está bravo, la puntada queda tensa, apretada; y si está feliz queda suavecita”.

Entre los Nasa, el tejido está asociado con el desarrollo físico y mental de las niñas. En su trabajo de grado para optar al título de Etnoeducador, Abraham Quiguanás Cuetia recoge las normas para enseñar a tejer: “Cuando la niña (nasa) es recién nacida, una mayora que sea tejedora le corta las uñas para que la niña pequeñita tenga el don de tejer con habilidad cuando esté grande. Esta señora debe sentarse tejiendo al frente de la niña hasta alta horas de la noche, y echar las uñitas en la jigra que está tejiendo. También se les debe sobar las manitos con la mano derecha del armadillo, e igualmente se les hace jugar con la telaraña para que la niña tenga el don de tejer bien pulido”. 

El tejido es, quizá, la actividad que está presente en todos los aspectos de la mujer indígena, sin importar a qué pueblo pertenece. Tejen desde niñas. Elaboran mantas, chumbes, capisayos, mochilas, cestas, collares, pulseras. Milena Jojoa, joven inga del Putumayo, cuenta que en su pueblo usan hilos de lana de oveja, pero también tejen con cabuya y con las tiras secas que procesan del tronco del plátano. Otros, como los wounaan, tejen con palma de werregue. 

Una parte de estas tradiciones se diluyen cuando las indígenas llegan a la ciudad. Algunas, especialmente las más jóvenes, ocupan parte de su tiempo chateando o revisando redes sociales en sus teléfonos móviles. A otras las absorbe el trabajo, el estudio y las horas que pasan hacinadas en buses de transporte público. 

Sin embargo, a medida que se fortalecen las organizaciones indígenas en la ciudad y se crean espacios para compartir, las mujeres han retomado el camino del tejido.
 “Volver a tejer es regresar al camino de nuestras tradiciones para proteger el pensamiento”, dice Neriberta Aquino, una indígena Nasa, a quien se la ve tejiendo mientras participa en reuniones de su comunidad o cuando viaja en bus hasta su casa, en una ver