La última gran marcha

Por:
Edilma Prada Céspedes

En los 26 puntos de desmovilización de las FARC en Colombia, 7.000 miembros de la guerrilla inician la entrega de armas, y muchos retos y esperanzas de reconciliación se abren paso en el país, tras 52 años de conflicto armado. Reportaje en alianza con Diario de Cuba.

Terminó la última gran marcha de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, FARC: 7.000 hombres y mujeres se desplazaron hacia 26 "zonas veredales transitorias" ante los ojos de un país que los vio en una lucha armada por más de medio siglo y que hoy vislumbra la paz.

La histórica movilización —que formó parte del acuerdo firmado en La Habana en noviembre de 2016— se realizó entre los meses de enero y febrero y llevó a que los ex combatientes recorrieran 8.700 kilómetros en buses, camiones y lanchas por trochas, montañas, caseríos y ríos; lugares que también fueron testigos de su accionar durante el largo periodo de conflicto armado interno que dejó la aterradora cifra de 8.320.874 víctimas, de acuerdo con los registros de la Unidad para la Atención y Reparación Integral a las Víctimas.

Los 7.000 miembros de las FARC se concentraron poco a poco en 26 puntos, distribuidos a lo largo y ancho del territorio colombiano, sitios donde llegaron escoltados por fuerzas militares y acompañados por la Misión de las Naciones Unidas como parte de la fase de implementación estipulada en el acuerdo, la cual incluye el cese bilateral del fuego, la dejación de armas y la transición a la vida civil.

Con animales, enseres, recuerdos de la selva y muchas expectativas se han ido acomodando los guerrilleros en los lugares que durante cerca de seis meses serán sus nuevos espacios de residencia. Para algunos, se trata de un encuentro de emociones. Para otros, el resultado de una lucha incansable.

Es el caso de Carlos, quien con su morral de campaña al hombro sostiene que el conflicto no fue fácil y que está "preparado para empezar de nuevo y olvidar los días duros de la guerra". Por su parte, Karina, una joven vestida de camuflaje, se siente optimista: "estamos ganando esta lucha porque ha llegado el fin del conflicto". Mientras, Eduardo, aún con su fusil en mano, asegura que siente cerca la libertad para "seguir adelante y ayudar al pueblo es lo que pensamos todos".

Estos son solo tres de los muchos testimonios y voces de expectativas de los guerrilleros que caminaron en la última gran marcha y que desde ya se preparan para reincorporarse a la vida civil.

"Es histórico que las FARC estén próximas a su desarme y reinserción", manifiesta el presidente Juan Manuel Santos, al entregar el balance del proceso con el que se espera avanzar con la paz en Colombia.

Una lucha, un rostro y una voz

Algo más de 400 miembros del frente Jacobo Arenas —uno de los más beligerantes que tuvo las FARC— avanzaron hasta el territorio indígena Nasa, al resguardo de Pueblo Nuevo, jurisdicción del municipio de Caldono (Cauca).

Su arribo a esta región de montaña y de clima templado fue tranquilo. Algunos pobladores los vieron pasar con recelo. Los indígenas se acercaron a saludar. Y un grupo pequeño quiso ser testigo de uno de los momentos que tal vez esperaba por años: ver a los guerrilleros alistándose para cesar la guerra.

Caldono sobrevivió a la dureza del conflicto. Sus habitantes padecieron 67 tomas guerrilleras y 3.500 actos de violencia. Es un pueblo que luchó ante el miedo y se resistió a desplazarse de su territorio. Los indígenas, aferrados a su cosmovisión y con la fuerza comunitaria que los representa, durante décadas rechazaron el accionar de todos los grupos armados.

Marcela González es una de las comandantes del frente Jacobo Arenas. Dice que "nuestra lucha la hicimos acá en estas comunidades" y reconoce que se debe empezar un diálogo abierto para establecer procesos de reconciliación.

"Lo que nosotros hacíamos, no lo hacíamos contra el pueblo. Si hubo gente afectada de la población por los efectos colaterales, no ha sido nuestro interés"; Marcela González se refiere a los ataques realizados con "tatucos" o cilindros-bomba contra las fuerzas armadas del Estado y que dejaron civiles muertos, heridos y daños en la comunidad.

Son memorias del conflicto que aún permanecen intactas. El Cauca, un departamento ubicado al suroccidente de Colombia, con salida al Océano Pacífico, sufrió los embates de la guerra y por eso hoy cuenta con tres "zonas veredales transitorias" de normalización en los municipios de Caldono, Buenos Aires y Miranda.

Marcela, de mediana estatura y tez trigueña, revisa que el campamento que instalaron para recibir a sus "camaradas", como los llama ella, esté listo. Hombres y mujeres organizan carpas en un terreno contiguo donde quedará el punto San Antonio. En el mismo municipio se establecerá otro espacio de desmovilización, Santa Rosa, y un puesto de recepción que estará en el sector conocido como San José de Los Monos.

Han construido improvisadas áreas de cocina, de alimentación, oficinas, un aula y salones para reuniones. En toda la entrada al campamento llama la atención el letrero: "Nuestra única arma será la palabra".

"Siempre hay inquietudes de los guerrilleros, porque en 52 años no hemos podido por la vía meramente política hacer la lucha, y ya hemos hecho varios intentos de despojarnos del arma, esperamos que éste sea el último ejercicio para dar el paso definitivo a la construcción de la paz".

La mujer, de 50 años, oriunda del Meta —oriente del país—, viste de camuflaje y en su brazo izquierdo tiene el brazalete con la bandera y el escudo de las FARC. Porta también un fusil. Sonríe y con orgullo manifiesta que lleva 30 años en la guerrilla, 30 años de guerra. "De optimismo, pero también a veces de dudas".

Marcela González sostiene que siempre ha vivido la violencia "porque en la casa viví la violencia del hambre, la falta de educación. Nunca conocí que mi mamá fuera donde un médico, que me llevaran donde un médico, porque no había plata".

Son realidades que permiten hacer memoria de los inicios de las FARC, una guerrilla que se conformó en la década del 60 por un grupo de campesinos con ideales comunistas que se alzaron en armas como una forma de exigirle al Estado que resolviera necesidades como la distribución de la tierra y acceso a mejores condiciones.

La vida de Marcela ha pasado entre armas, entrenamiento militar y largas caminatas. "La guerra nuestra fue móvil, uno podía estar de un lado para otro. He estado en varias estructuras".

Con la mirada fija en el horizonte, recuerda que dentro de la guerrilla ha cumplido varios roles, ha estado en la línea de combate pero también en procesos de orientación política.

"La guerra es dura, las bombas, el enfrent